
frente al silencio,
la entrega
Nieves de León, hermana oblata
Viernes Santo
El Viernes Santo es una día que la tradición católica ha celebrado la Adoración de la Cruz. Después de la muerte de Jesús el mundo queda en silencio, esperando el gran acontecimiento de la Pascua.
Pero eso lo sabemos hoy, me gustaría que pudiésemos entrar en el gran misterio que vivieron los discípulos y discípulas en el primer viernes santo de la historia.
Según nos cuentan los evangelios, en la cruz, Jesús habló. No solo su gesto de entrega se reflejaban en el acto mismo de la crucifixión, sino también en los mensajes que expresó.
Vamos a hacer un pequeño recorrido por esas palabras de Jesús y cual es la interpretación que la iglesia ha hecho de ellas a lo largo de la historia.
Todo comenzó en el Huerto de los Olivos. Allí, en medio de la noche y en profunda oración, Jesús pronunció la palabra más entrañable de su corazón: “Abbá, Padre”. En su”agonía”, que quiere decir combate, el Hijo se había rendido a la voluntad del Padre. Y comenzó su camino hacia la Cruz, como una epifanía progresiva, como una manifestación de su señorío como Mesías Salvador, y como una revelación del corazón amoroso de Dios.
En el mismo Huerto de Getsemaní, al decir “Yo soy”, Jesús manifestó ser el Hijo de Dios, y cuando Pilato le presentó ante la muchedumbre amotinada con aquellas palabras: “Ecce Homo”, quedó claro que era también el Hijo del Hombre. En la Cruz, por tanto, quedarían clavados el Hombre y Dios.
Las Siete Palabras de Cristo
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"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34)
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Jesús intercede ante Dios por quienes lo están crucificando, mostrando su perdón infinito.

- Las palabras de Jesús en el cruz manifiestan su misericordia que llega incluso a los que lo han condenado. Este es un rasgo propio del evangelio de Lucas.
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El mensaje de Jesús sobre el amor al enemigo, se hace aquí acción ejemplar para el creyente. Las palabras y hechos de Jesús tienen siempre una perfecta coherencia.
Es quizá uno de los momentos en que se nos revela con mayor claridad uno de los rasgos fundamentales de la ética cristiana, como es el perdón.
Los mártires cristianos aprendieron bien la lección de Jesús. El primero de ellos, que es san Estéban, muere también perdonando a sus enemigos.
Su Primera Palabra Jesús la dirige a su Padre: “Padre, perdónalos...” Está orando con la oración que a nosotros nos enseñó y practicando lo que tantas veces había predicado: “Amad a vuestro enemigos, haced el bien a los que os odian” (Lc.6, 27-35). Ahora Jesús aprovechaba sus últimos minutos de vida para recordarnos esa oración apelando al corazón de Dios que Él conocía mejor que nadie: “Padre, perdónalos”.
Jesús toca al corazón de Dios, al misterio insondable de su paternidad, a su amor gratuito, absoluto. Esta oración en lo alto de la Cruz nos revela, a la vez el amor de Jesús por todos nosotros y el amor del Padre.

En esta nueva oración se atreve a decirle a Dios que los que le crucifican “no saben lo que hacen” y, olvidándose de sí mismo y de su inmenso dolor pide el perdón para todos: para los jueces que le han condenado, para los soldados que le han crucificado, para la muchedumbre que a gritos pidió su muerte, para ti y para mi.
Jesús sabe que, si es grande el pecado del ser humano, mayor es la misericordia del Padre. Y aquí, en esta agonía, en este combate en forma de oración, Jesús ha salido vencedor.

El Padre ama al Hijo y, ante la súplica que éste le dirige a favor de los seres humanos de quienes se ha hecho solidario hasta en el pecado (2Co.5,21), toda la santidad divina que rechaza absolutamente el pecado, retorna al misterio eterno de su fidelidad, de su misericordia.
Ahora el Padre no mira al ser humano tal como éste es, sino que le mira tal como es amado en el corazón de su Hijo.
Definitivamente, el hombre debe renunciar a la justificación por sus propias obras, por su ley o por su propia bondad. Solamente en la oración confiada de Jesús obediente al Padre hasta la muerte, y en el “Sí” que el Padre nos ha dado en Cristo, tenemos perdón, justificación y redención de nuestros pecados (Ef.2,4-10), tenemos alianza eterna. Más que nunca, en la Cruz de Jesús y desde su Primera Palabra, se nos ha revelado el corazón amoroso de Dios, del Hijo y del Padre.
- "En verdad te digo: 'Hoy estarás conmigo en el paraíso'" (Lucas 23:43)
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Respuesta a uno de los criminales (el "Buen Ladrón") que reconoce su divinidad y se arrepiente.

Con la imaginación, coloquémonos a cierta distancia del Calvario. Sobre un firmamento gris, se divisan tres cruces, de las que cuelgan tres ajusticiados. Jesús es el que está en el centro. Hacia Él miran los otros dos.
Lucas, el evangelista de la misericordia, ha situado esta escena aquí, en el Calvario, en el momento cumbre de la Historia de la Salvación. Jesús, como revelador del Padre, antes de morir, nos va a manifestar el núcleo de su misión y del mensaje que el Padre le había encomendado: La Buena Nueva de la Gracia.
Esta escena se presta a ser entendida en un sentido superficial. Generalmente nos detenemos en lo anecdótico: cómo Jesús es insultado por los dos malhechores crucificados con Él, y cómo uno de ellos, dando un giro de ochenta grados en el último momento, se atreve a orar a Jesús pidiéndole el Reino.
Es justo que ante el dolor horrible de aquellos crucificados, se haga esta lectura humanista y sensible. Pero hay algo más. Aquí se nos revela de una manera radiante que éste que muere entre dos malhechores ha venido a juzgar al mundo, y lo hará con un juicio de misericordia. Es verdaderamente el Hijo del Hombre, el que debe venir con el poder y la majestad de Dios. Ante Él el buen ladrón hace una solemne confesión de fe: “Acuérdate de mi cuando vengas en tu Reino”.
Reconoce en Jesús al Hijo del Hombre del Apocalipsis, que juzgaría al mundo. Este malhechor pertenece al Resto de Yahvé, a los pequeños, a aquellos pecadores que saben que el juicio último de Dios sobre la Historia se realiza en este Siervo humilde, que la Buena Nueva ya ha llegado, que el tiempo de la Gracia está aquí, que Dios no viene para destruir, sino para salvar. En la muerte de Jesús se inicia el juicio último de Dios. Y al buen ladrón se le dieron ojos para contemplarlo como juicio de misericordia. Por eso, pudo escuchar esta palabra de Jesús: “Hoy estará conmigo en el Paraíso”.
Es necesario que nosotros escuchemos y entendamos estas palabras con toda la fuerza y seguridad con que Jesús las pronunció: “Yo te aseguro”.
En ellas se manifiesta la autoridad de Jesús, su pretensión de tener la última palabra sobre el hombre. En este momento Jesús da testimonio también de Sí mismo, de que Él tiene la llave del Paraíso.
En la Cruz, realmente, se resume toda la Historia de la Salvación.
Fijémonos bien en esta escena del Calvario. Junto a la Cruz de Jesús hay dos hombres crucificados. Ninguno de los dos tiene obras o méritos adquiridos, sino más bien todo lo contrario. Son malhechores, representantes genuinos de la humanidad. Uno de ellos insulta a Jesús; el otro reconoce su pecado y le dice: “Nosotros estamos aquí con razón, porque nos lo hemos merecido con lo que hemos hecho”.
En estas dos figuras nos encontramos con el misterio insondable del corazón del hombre: luz y tinieblas, fe e incredulidad, libertad para decidir entre lo uno y lo otro. Uno del los malhechores prefiere quedarse en la tiniebla. El otro, al ver morir a Jesús, encuentra la luz y suplica, con fe, misericordia. Jesús, mirándole seguramente con inmensa ternura, ve en él un pequeño, uno de los suyos, verdadero pobre de los que Él había dicho que es el Reino de los cielos (Lc.18,16), un pecador, a quien se le había dado escuchar el Evangelio de la Gracia.
Lo primero es reconocer el propio pecado, aceptar la pobreza radical, la propia miseria. A los que así actúan Jesús regala el Reino. Así lo había predicado en su vida, y así lo está predicando y ejerciendo en el momento de morir. Hablando con propiedad evangélica, Dios no necesita de nuestras obras para salvarnos. Ahora Jesús da testimonio, el testimonio último y definitivo, la revelación suprema, de que Dios quiere salvar a los hombres por pura gracia. “Por gracia hemos sido salvados”, dice San Pablo (Ef.2,5).

El estar hoy en el paraíso, no expresa un dato cronológico, sino que la realidad empeiza a hacerse realidad desde la cruz.
Tampoco el paraíso lo debemos entender como una lugar en el que se espera el momento de la resurrección final, es más bien la manera de expresar que la salvación definitiva llega a la vida de ese ladrón arrepentido.
Nunca es tarde, nos recuerda Lucas, para volver a los caminos del evangelio. Cualquier día puede ser el hoy de la salvación.
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"Hijo, he ahí a tu Madre; Madre, he ahí a tu hijo" (Juan 19:26-27)
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Jesús confía el cuidado de su madre, María, al apóstol Juan, simbolizando también la maternidad de María sobre la Iglesia.

Y ahora, ¿comenzará ya Cristo a ocuparse de sí mismo? En la primera de sus palabras ha revelado a los hombres y les ha dado la promesa del perdón. En la segunda ha mostrado que el perdón es un don gratuito de Dios, al dárselo a un bandolero. ¿No es ya tiempo de olvidarse de cuanto le rodea y dedicarse a su dolor?
No, la revelación del amor tiene que continuar hasta el final. A Jesús aún le falta el mejor de sus regalos a la humanidad. El, que nada tiene, desnudo sobre la Cruz, posee aún algo enorme: una madre. Y se dispone a entregárnosla. Es San Juan quien nos transmite esta tercera palabra.
A esta hora se ha alejado ya el grupo de los curiosos. Gran parte de los enemigos se ha ido también. Quedan únicamente los soldados de guardia y el pequeño grupito de los fieles. Eran la Iglesia naciente, que está allí por algo más que por simples razones sentimentales. Unida a Jesús, de pié junto a la Cruz, se encuentra María, su Madre, unida no sólo a sus dolores, sino también a su misión.

La escena recuerda las bodas de Caná. La idea profunda de San Juan es ésta: María no aparece hasta este momento de la “Hora”. A ella se le ha pedido el sacrificio del Hijo durante el tiempo de su predicación por los caminos de Palestina. La alejada por el Hijo en los años de su misión, es ahora traída aquí por Él al primer plano de esta escena. Aquí va a ocupar su puesto con pleno derecho en la obra salvadora de Jesús, asociada a su misión. Aquí entra en la misión del Hijo con el mismo oficio que tuviera en su origen: el de madre.
Jesús se dirige primero a la Madre, la llama “mujer” y le dice: “Ahí tienes a tu hijo”. Luego se dirige al discípulo y le dice: “Ahí tienes a tu madre”. ¿Qué le interesa en primer término a Jesús? Revelarnos la maternidad universal de María y entregarnos a su Madre para que fuera siempre nuestra Madre, la madre de la Iglesia y de toda la humanidad, con la que Él, en su Encarnación, se había hermanado. Juan, el discípulo amado que recibió a María en su casa, nos representaba a todos.
Este fue el último regalo que Jesús nos hizo antes de morir. Y esa fue la gran tarea que encomendó a María. Fue como una segunda anunciación. Hacía treinta años que un ángel la invitó a entrar en los planes de Dios. Ahora, no ya un ángel, sino su propio Hijo, le anuncia una tarea más difícil si cabe: recibir como hijos de su corazón a todos los hombres, incluso a los que matan a su Hijo. Y ella acepta, actuando de nuevo su fe, y diciendo, ahora silenciosa, “hágase”, mi Señor.
De ahí que el olor a sangre del Calvario comience extrañamente a tener un sabor a recién nacido; de ahí que sea difícil saber si ahora es más lo que muere o lo que nace; de ahí que no sepamos si estamos asistiendo a una agonía o a un parto. ¡Hay tanto olor a madre y a engendramiento en esta dramática tarde…!
Que María, nuestra madre, nos dé ojos para ver y fe para entender estos acontecimientos.
La protagonista es la madre de Jesús. En este pasaje se basa la maternidad espiritual de María. Jesús revela algo importante: ha llegado su hora, y con ella, la de su madre que se convierte en mujer. Ella simboliza a la Iglesia. Lo mismo que el discípulo amado simboliza a los verdaderos creyentes. De ahí que el discípulo amado reciba a la madre de Jesús como suya, como algo que le pertenece y a lo que no puede renunciar. Lo propio del discípulo es la fe.
La escena es una síntesis de la obra que Jesús venía a realizar: la salvación del hombre prolongada en la Iglesia. Por eso una vez terminada con el nacimiento de la Iglesia puede morir.
El discípulo al que Jesús tanto quería cumple el mandato recibido desde la cruz aceptando a la madre de Jesús como madre.
Junto a la cruz de Jesús, María, que tampoco aquí es llamada por su nombre, tiene una doble dimensión: ser la madre de Jesús, por lo que todo el mundo le tributa cariño, respeto y veneración, y la de ser símbolo de la Iglesia, que está naciendo en aquel momento, por lo que debe ser recibida por todo el mundo creyente como algo propio e irrenunciable.
Esta pertenencia se halla incluida en lo esencial del discipulado cristiano, que es la fe.
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"¡Dios mío!, ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" (Mateo 27:46)
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Expresa su profundo sufrimiento humano y cita el inicio del Salmo 22, que termina en un grito de victoria y confianza.

La muerte de Jesús estaba ya cerca. Serían casi las tres de la tarde. Con el grupo de los más íntimos, apenas quedaba nadie en la cima del Calvario. En torno a la Cruz había aumentado la soledad. Jesús estaba verdaderamente solo. Todos morimos solos, incluso cuando estamos rodeados de amor. Allá, en su interior, el que agoniza está profundamente solo, librando el último combate. Y Jesús no quiso sustraerse a esta ley de la condición humana.
Pero hay una soledad que ningún hombre ha conocido, sólo Jesús la conoció. Una soledad a la que hay que acercarse con temor, porque nada hay más vertiginoso. Y es lo que se nos revela en esta Palabra del Crucificado.
Es una Palabra desconcertante. Una Palabra que durante siglos ha conmovido a los santos y ha trastornado a los teólogos. No fue una frase, dolorida pero serena, como las demás Palabras. Fue un grito, un grito que taladra la historia. Un gran silencio había ya en el Calvario. Y fue entonces cuando Jesús, haciendo un inmenso esfuerzo y llenando de aire sus pulmones ya agotados, gritó con voz fuerte: “Elí, Elí, lama Sabactani? Que quiere decir: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”

Sin embargo, el grito desgarrado con que comienza el salmo se convierte después en una oración confiada. Al escuchar estas palabras, los primeros cristianos ponían en boca de Jesús el salmo completo y desde él comprendían mejor su confianza en el Padre en este momento decisivo.
Gritémosle ahora nosotros a Jesús, en el silencio de nuestro corazón, diciéndole: Gracias, Señor, porque aquel grito tuyo ha llegado hoy hasta nosotros. Penetra con tu Espíritu en nuestra profundidad. Asume todo lo que allí encuentres, también el pecado y devuélvenos al Padre.
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"Tengo sed" (Juan 19:28)
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Refleja tanto su agonía física real como su sed espiritual por la salvación de las almas.

Es ésta la Palabra más radicalmente humana que Jesús pronunció en la Cruz. Al oirla, uno entiende que Jesús estaba muriendo de una muerte verdadera, que el que está en la Cruz es un hombre, y no un superhombre que no conocería la muerte, o un fantasma que no la sintiera con toda su crudeza. Aquí se nos revela con todo el realismo la humanidad de Jesús.
La sed es uno de los más terribles tormentos de los crucificados. Cuando se pierde la sangre, se experimenta enseguida el tormento de la sed. El agua, que forma parte de la célula en proporción al sesenta o setenta por ciento, cuando se pierde sangre pasa por ósmosis al torrente circulatorio para hidratar el plasma sanguíneo. Esto produce, naturalmente, la deshidratación de los tejidos y pronto se experimenta el fenómeno de la sed. Jesús había perdido ya mucha sangre: en Getsemaní, en la flagelación, con la corona de espinas, en el camino del Calvario con la Cruz a cuestas y en la crucifixión. En lo alto de la Cruz se iba desangrando poco a poco. No es extraño que suplicara un poco de agua.
Jesús ha mostrado toda su humanidad al suplicar un poco de agua, como cualquier agonizante. ¿Pero no hablaba también de otra sed? ¿Sed de amor, sed de comprensión, sed de salvación…? ¿No es ésta la sed de justicia a la que Él mismo aludió en las Bienaventuranzas? (Mt.5,6).
En cierto modo, sí. Jesús experimenta en estos momentos, dentro de su corazón cansado, el drama de ver su oferta de salvación despreciada, de saber de antemano que, para muchos, todo este dolor sería inútil. Hubiera querido atraer a todos hacia Sí, como Él había dicho (Jn.12,32), pero muchos pasarían de largo ante Él, sin darse cuenta de que, el que ahora pide un poco de agua es para todos “la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna” (Jn. 7, 37ss.).
Despues que todo quedar concluido, Jesús sabe que va a comenzar la era del Espíritu, los tiempos de la nueva alianza predicha por los profetas, por eso su sed es el ansia ardiente de dar el espíritu. Su sed hacer recordar a los hombres que tienen sed, y él les ofrece para calmarla un agua misteriosa.
Mirémosle, hermanos, en la Cruz y pidámosle para todos Agua Viva.
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"Todo está consumado" (Juan 19:30)
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Anuncia que ha cumplido la misión de redención por la cual vino al mundo.

La sexta Palabra de Cristo es el grito del triunfador, del corredor que llega a la meta, o sencillamente del Hijo que ha cumplido la voluntad del Padre. ¡Lo había dicho tantas veces! “Yo he bajado del cielo para hacer, no mi voluntad, sino la del que me ha enviado” (Jn. 6, 38). “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn. 4, 34).
Dios es el Dios Vivo. Es vida y dador de vida (Jos 3,10). Dios es el que da y se da: en la Creación, en la Encarnación, en la Eucaristía y en la plenitud del Cielo. A lo largo de su vida, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, nos lo fue revelando y, por eso, con palabras humanas, le llamó Padre. Al asumir nuestra humanidad en su Persona divina, nos introdujo en su divinidad, en la misma Trinidad de Dios, y nos dijo que le llamáramos Padre.
Ahora, Jesús ha llegado a las puertas de la muerte. No es que Dios quisiera la muerte o necesitara la muerte, y menos tan cruenta. Ni la muerte de su Hijo, el buen Jesús, ni la muerte de nadie. A Jesús le mataron sus enemigos, los enemigos de Dios tal como Él lo revelaba con sus palabras y con su vida. No aceptaban a un Dios tan cercano, tan humano, tan Padre, ni aceptaban que Él fuera su Hijo y que nos hiciera hijos. En el fondo, es mucho más fácil tener un Dios lejano y majestuoso, a quien se le ofrezcan sacrificios y se le tenga aplacado y tranquilo, que tener un Dios cercano a nosotros, en cuya presencia vivamos y a quien tenemos que agradar continuamente. Por eso los que rechazaban esta revelación de Dios mataron a Jesús, el Revelador. “Maldito el que cuelga de un madero”, decían sus Escrituras (Dt.21,23). Y para que nadie creyera en Él, ni entonces ni nunca, le llevaron a la Cruz.
Ahora, a punto de morir, en esta sexta Palabra, Jesús, la última y definitiva Palabra de Dios al mundo, puede decir: “Todo está cumplido”. Todas las profecías sobre Él se han realizado. Pero, sobre todo, Él ha realizado la obra que el Padre le había encomendado: Revelarnos que existe un Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que el Padre creó todo lo que existe por su Hijo (Jn.1,3) y todo era bueno (Gn.1,31). Que, a lo largo del tiempo, “habló de muchas formas a nuestros padres… (Hbr.1,1-2). Y, por fin, en la plenitud de los tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo, hecho como uno de nosotros. Este Hijo nos ha hablado con palabras como las nuestras y con una vida igual que la nuestra.
Y también, ¡así son las cosas de Dios!, nos ha hablado del Plan de Dios sobre nosotros con la palabra más fuerte de todas: la muerte. Nunca habló tan claro Jesús de Dios al hombre como cuando se quedó mudo en la Cruz. Todo estaba consumado con su vida. Pero quedaba terminar de consumar la revelación con la misma muerte. La muerte de Jesús no fue para aplacar a Dios, a quien le sobra paternidad y amor para perdonar, sino para animar y consolar a todo hombre que viene a este mundo. Dice la carta a los Hebreos en un texto maravilloso: “Así como los hijos (de los hombres) participan de la sangre y de la carne, así también Él participó de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Heb.2, 14-15).
Para esto vino Jesús, el Hijo de Dios, al mundo: para quitarnos el miedo a morir y manifestarnos nuestro destino. La vida del hombre no es sólo: nacer, vivir y morir, como muchos creen. La vida del hombre es: nacer, vivir, morir y resucitar.
“Todo está consumado”, ha dicho Jesús. Ya nos ha revelado el corazón de Dios y su Plan de Salvación sobre los hombres. En el alma de Jesús ya empieza a descender la paz. Y con esta paz va a entrar en la muerte para revelarnos lo último y más grande: la Resurrección, que no es la vuelta a esta vida, sino la entrada en la plenitud de la vida, en Dios, para toda la eternidad.
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"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas 23:46)
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Su última palabra, un acto de entrega total y confianza absoluta en Dios antes de morir.

Ésta fue la última Palabra de Jesús. La palabra más suave, más dulce que podía habernos enseñado para el momento de morir. El hombre teme a la muerte, y por eso se pasa la vida huyendo de ella. Sin embargo, para el que cree en Dios, para el que contempla y escucha a Jesús muriendo, morir no es nada trágico, no es saltar en el vacío, ni entrar en una noche sin fin. Los hombres creemos que morimos, que perdemos la vida.
Y lo que ocurre en realidad es sólo lo que le ocurrió a Jesús: que ponemos la cabeza en su sitio, en las manos del Padre. Decía Eugeueni Evtushenko, poeta ortodoxo ruso: “Cuando una persona muere, Dios acaba de amasar su existencia para la eternidad… Y en las manos de Dios… no se pierde ni una lágrima, ni un esfuerzo, ni una ilusión, ni un sufrimiento, ni un instante de la vida…”. Nada se pierde en las manos de Dios, y menos después de la muerte de Jesús.
Jesús muere tranquilo. Inclina su cabeza en las manos del Padre y regala a los hombres su Espíritu. Así lo ha visto San Juan. Este Espíritu de Jesús continuaría su obra en el tiempo, haciendo todo nuevo: nueva la relación con Dios, como hijos en el Hijo; nuevo el culto y la oración, no en la angustia sino en la alabanza; nueva la vida entera, construyendo su Reino en el amor; nueva la muerte, entendida no como el final sino como la cuna de la vida, que ya es eterna.
“Padre”. Jesús quiso terminar su vida pronunciando de nuevo la palabra más querida de su corazón, la palabra que resume su mensaje al mundo: “Abbá, Padre”. Porque Dios es Padre, se dedica a ser Padre, es sólo Padre, sobre todo Padre. He aquí la gran revelación de Jesús. Dios siempre fue Padre. Pero, desde que Jesús le llamó así, viviendo nuestra vida y muriendo nuestra muerte, lo sabemos mucho mejor. Para eso vino al mundo. Ninguna objeción cabe ya contra la existencia y la bondad de Dios viendo como vive y como muere Jesús. Para eso vino el Hijo de Dios al mundo: para que nadie se sienta fuera de la paternidad de Dios. Nadie, ni en el gozo, ni en el dolor, ni en la vida ni en la muerte.
Biografía
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Sermon sobre las siete palabras de jesús en el acruz. de fr. Marcos Ruiz O.P.
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Comentario Biblico al Nuevo Testamento. La casa de la Biblia.
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Evangelio de San Juan. Secundino Castro.
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El camino abuerto por Jesús. Lucas. Antonio Pagola
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El camino abierto por Jesús. Marcos. Antonio Pagola.
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Fotos son de Pinterest y algunas tratadas con IA.
